De dramaturgia nacional y estrenos:
Dos fiestas en una.
Por Lolimar Suárez Ayala
Todo
estreno es un acto festivo por muchas razones. Es el término de una primera
ruta, la ruta inicial, donde se germinan las propuestas creadoras del autor, del
director y de los actores. Esta etapa de los primeros ensayos se traduce en
meses de preguntas, respuestas, espejos de por medio, recorridos en el espacio
vacío, lecturas hasta el cansancio, más preguntas y más notas sueltas sobre el
guión. En ese tiempo ocurren episodios menos deseados, como el retiro de
actores, lo que obliga de algún modo a comenzar de nuevo con otros actores,
todo, sin contar con las variables propias de una dinámica llena de
compromisos, contratiempos o apremios económicos.
La
otra ruta, prolongada más allá del estreno, es la relacionada con la
construcción de los personajes, seres que poco a poco toman forma en una
cuadridimensionalidad única como la huella digital. Los actores adquieren los
modos, voces y energías de esa ficción propuesta en el papel hasta saltar a la
dimensión mágica de la escena.
Entonces
el asunto es bello bajo las luces de un estreno, pero guarda mucho más que eso.
Estrenar siempre será un privilegio porque cuesta mucho llegar allí, por eso es
que por mucho que se quiera, no todo el mundo posee el aguante y la dedicación
de la gente de teatro.
No
todo el mundo hace teatro porque es una disciplina donde el proceso es
irrenunciable al mismo tiempo que exigente. Solamente de estas condiciones
ocurre la belleza como resultado, lo que diríamos, para intentar definirla en
su estado puro, la teatralidad. Lo contrario sería engañar a un espectador que
nunca es incauto si pretendemos mostrar resultados instantáneos aferrados a las
lianas frágiles del talento.
Estrenar
una obra de teatro es la fiesta de la terquedad, y así ha sido al menos durante
2.500 años, desde que nos hablaron de aquellos pergaminos de Sófocles, de
Esquilo, de Eurípides o de Aristófanes, y de cómo miles de tercos teatristas
decidieron montar sus escrituras por los siglos de los siglos hasta hoy y, con
total seguridad, hasta más allá donde no caben los límites.
Los
clásicos, con su impactante vigencia, siempre serán materia obligada para
entender las raíces e influencias de este oficio, pero siempre despiertos sobre
su premisa original: Hablar de lo humano, desde nuestra aldea.
Así
lo hizo Moliére en la Francia de Luis XIV, o Shakespeare, el inglés más universal.
Ellos contaron sus realidades inmediatas, su propio patio, describían su aldea,
pero con una colosal capacidad para hacer de ella un universo, donde lo humano
iba más allá de todo tiempo y circunstancia. De allí que no nos crispe ni nos
afecte si en la Maracaibo de 2024 alguien monta El Avaro, porque lo que
Harpagón representó en la lejana París desata la misma risa y el mismo repudio
a 45 grados centígrados 400 años después. Lo humano, con sus maravillas y sus
miserias rompe todo límite e incluso todo dogma. Por encima pongamos la belleza
e imaginemos que esos creadores nos antecedieron enfrentando insólitas
dificultades para estrenar sus obras, incluidas pestes, pandemias, deudas,
persecuciones y hasta la cárcel. Todo, sin contar que, en ambos casos, tanto
Moliére como Shakespeare escribían, actuaban y dirigían al mismo tiempo. Se
atrevieron a cambiar las armas por la pluma, a escribir poesía antes que
manifiestos de guerra. Se atrevieron, en sus tiempos y en sus circunstancias, y
así Lorca, y así Brecht.
Como
podemos ver, estrenar es un privilegio, y cuando se trata de estrenar una obra
con sonoridad y realidad venezolana, la fiesta es doble. La dramaturgia nacional
ha tenido diferentes momentos y ha logrado construirse sobre bases sólidas. Desde
el realismo poético al crítico y ya para los tiempos de una escritura
contemporánea, el país se cuenta a viva voz, con participación activa de
dramaturgos y dramaturgas.
Estuvimos
conversando hace pocos días en la Sala Experimental del Teatro Alberto de Paz y
Mateos, en Caracas, sobre el asunto de la dramaturgia escrita por mujeres y compartimos
un modo de tocar el punto sin caer en la confrontación. Estamos casi pisando el
primer cuarto de siglo del siglo XXI y nos toca por justa razón imponer la actitud
creadora, donde lo humano prevalezca y donde los espacios se asuman sin mirar
de soslayo a quién le gusta y a quién no.
Vivimos
en tiempos donde ejercer el derecho a ser visible debe ser la norma y no la
excepción. Por alguna extraña razón, los humanos hemos pasado demasiado tiempo
en una pelea primitiva, una guerra con nuestra propia especie, acaso por no
encontrar a pares con quienes ensayar la lanza, el hacha o la bala. Los humanos
hemos contado una historia desigual, basada en jerarquías, con roles impuestos
que terminaron por crear dominios de unos sobre otros. La mujer, lo sabemos, ha
llevado la peor parte.
Todavía
es así en muchos ámbitos, pero en el que nos convocó, el teatro, éste debe ser
un territorio liberado de “pordebajeantes” y “pordebajeados”, donde los asuntos
de género, religión o posición política no interfieran ni condicionen el acto
creador.
Hablamos
de lo importante de aprender a escribir, porque es la arcilla del imaginario
del lector y debe estar bien preparada. Hablamos de la importancia de estar
alerta ante frases, personajes y hechos de nuestra realidad inmediata que sean
dignas de mostrar, de contar. Siempre habrá un recuerdo vívido, un hecho que
nos impactó, alguien que dijo algo que buen podría ser un personaje bajo la luz
de un escenario. La literatura no tiene género, pero las sutiles diferencias
entre cada uno se pueden encontrar en un metalenguaje no regido por otra ley
que no sea el alma misma de quien crea.
Que
muchas mujeres escriban y dirijan su propio teatro es un movimiento maestro de
estos tiempos, pero hay que seguir la marcha, que más que marcha es una ola
sostenida de inexplicable sincronicidad. No nos hemos puesto de acuerdo, pero
cada vez son más los trazos sobre el papel, las manos sobre el teclado, las
voces en escena. Directoras, actrices, escritoras, productoras. El camino ha
sido largo, de décadas, difícil, pero sin vuelta atrás.
Son
tiempos de reafirmación de una forma de contar el mundo. El crisol temático se
enriquece, sino, solo imaginemos la sociedad actual sin el humor, sin la franqueza
y sin las revelaciones de la mujer sobre el amor, la maternidad, la vejez, el
sexo, los hombres, la vida o la muerte. Hay mucho que nos perdemos cuando no
ampliamos la perspectiva, por lo que se hace cada vez más necesario leer la
dramaturgia contemporánea venezolana en las aulas y en los espacios de ensayo.
A
propósito del estreno de la obra Revelaciones, un texto honrado con el Premio
de Dramaturgia Lina López de Aramburú que entrega la Universidad Nacional
Experimental de las Artes (UNEARTE) por iniciativa del Colectivo Dramáticas
Teatro, todas las ideas que tiendan a promover la creación literaria deben ser
sostenidas en el tiempo, apoyadas y difundidas. La Compañía Nacional de Teatro (CNT)
logró estrenar el pasado 4 de mayo con tres funciones más que culminaron el 12
de mayo con la dirección del maestro Rodolfo Porras y un elenco integrado por
Luis Enrique Torres, Angélica Rinaldi, Miguel Ángel García, Rosy Arvillar y
Manuel Fernández, además de contar con arreglos de Augusto Morales. La CNT
estableció sinergias con la UNEARTE y, tras varios meses de trabajo, generó un
resultado que puede ejemplificar un patrón replicable en todas las regiones del
país.
El
teatro es un enorme vehículo de transformación social, un arte vivo que nos
reúne en torno a un mensaje. Nunca saldremos de un teatro igual que como
llegamos. El país teatral es grande, más de lo que parece. Como formadora en el
estado Zulia, soy testigo de cómo tantos jóvenes y no tan jóvenes se acercan
porque quieren estudiar teatro, y una vez inscritos acuden con tal nivel de
compromiso que no hay incertidumbre sobre lo que será el futuro de este oficio
en nuestro país.
No
dudaré en decir que, al igual que como sucede con la música, todas las
manifestaciones del arte merecen la fortuna del mismo auspicio, lo que
promovería un nuevo nivel de ejecución de políticas públicas en materia de
cultura, donde se replique un alto nivel de organización, de gerencia y de
planificación estratégica. Lo más difícil lo tenemos, que es el recurso humano.
Hay mucha gente haciendo teatro, sorprendiendo, inspirando, expresándose. Vamos
a vernos, hablemos de calidad, de procesos, de formación, de oportunidades de
estudios, de actualización, de acceso a las mejores prácticas, de espacios
físicos, entendiendo que los teatros (grandes o modestos) son símbolos del
nivel de desarrollo cultural de los pueblos. Celebremos nuestro teatro, pero
siempre con perspectiva de trascendencia.
Lolimar Suárez Ayala

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