Acerca de "PROFUNDO"

 

PROFUNDO

 

Por Alí Ramón Rojas Olaya

 

Amado Aníbal, yo nací en El Cementerio, parroquia Santa Rosalía. Cuando era niño, solía oír historias de morocotas en botijas que habían sido enterradas por sus dueños en viejas casas coloniales. 

 

Algunos patronos muertos solían salir en las noches como fantasmas o aparecidos. Otros se mostraban en sueños. En ambos casos indicaban a sus familiares dónde estaba el tesoro para que lo sustrajeran con la finalidad de que los «saquen de pena», ya que son ánimas, «almas» que quedan deambulando hasta que encuentren aquello que se enterró. Se dice que hay que cumplir al pie de la letra las exigencias de cómo sacar el entierro, porque de lo contrario suceden cosas extrañas que regularmente lo frustran. 

 

Era más común de lo que pudiésemos imaginar encontrar huecos en los patios o cuartos de viejas casonas. Durante las excavaciones aparecían cráneos y huesos de gente enterrada. Cuando esto pasaba, se llamaba a una persona experta en brujería, para que se comunique con el dueño de la botija y solicitar su permiso de sacar la pena de su alma. 

 

Supongo que en las viejas casonas de Catia ocurría lo mismo. Y supongo también que José Ignacio Cabrujas también oyó de estas historias. 

 

Las morocotas eran monedas de oro estadounidenses que circularon en Venezuela a partir de 1849. El general José Tadeo Monagas le puso ese nombre porque la figura que brotaba en una de las caras se parecía a una morocota, un pez del río Orinoco. La morocota, llamada en Estados Unidos doble águila, tenía un valor de 20 dólares, pero realmente valía por su peso en oro.

 

Aníbal, en el año 1916 estalla el pozo petrolero Zumaque, pero quien anuncia la riqueza petrolera es el pozo “La Rosa, 1” el 22 de diciembre de 1922, de allí en adelante la vida venezolana se transforma, todo comienza a girar alrededor del hecho petrolero, el campo es abandonado. Nacía la cultura del petróleo. 

 

El 19 de abril de 1952, Mario Briceño Iragorry nos explica en su ensayo Alegría de la tierra, específicamente en el prólogo galeato, que “no había razón para olvidar la tierra, como aconteció al hombre venezolano, cuando vio sus arcas hinchadas de la moneda petrolera. Entonces debió afirmarse más en sí mismo, en su suelo, en su realidad nacional”. 

 

César Rengifo nos explica en el prefacio de su obra teatral Las torres y el viento publicada en 1969, que “el mito de la riqueza fácilmente encontrada, de la posibilidad inmediata, del logro sin esfuerzos, del torrente dorado llegando por todas las vertientes hacia las manos más audaces, hizo presa en la mente de varias generaciones”.

 

Y esto es así, Aníbal, todavía llevamos ese lastre encima. No somos capaces de sembrar, no podemos fertilizar el conuco porque somos, al igual que Manganzón, impotentes de hacerle el amor a la tierra. 

 

Dámele las gracias a Francisco Denis Boulton por compartir su lectura sensata y cabal de la obra Profundo y un aplauso prolongado y de pie a Aura Rivas, Luis Domingo González, Francis Rueda, María Brito, Yhannelys Medina y Gerardo Ávila, en los efectos de sonido, y a ti, dilecto amigo Aníbal Grunn.

 

La familia Álamo es la familia venezolana, llena de manganzones, esa que busca un tesoro que está enterrado en su casa, la misma que a medida que cava y cava y cava se hunde, como dice Juan Pablo Pérez Alfonzo, en el excremento del diablo. Y aunque en la realidad el tan deseado tesoro sea mierda, Buey, con toda la familia viendo embelesada la caja boba, dice que ya se acostumbró al hedor. Cabrujas deja abierto un pequeño resquicio donde se vislumbra una esperanza en la muchacha Elvirita Suárez.

 

Una vez bajado el telón de este maravilloso montaje, sólo nos queda la reflexión del ensayo del segundo cronista de Caracas Mario Briceño Iragorry: “Pero perdimos la cabeza y olvidamos que el pan nuestro de cada día sólo está asegurado cuando lo recogemos de la tierra, con nuestras propias manos colectivas”.

 





 

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HIPERREALISMO Y TRASHUMANTES EN EL SUEÑO. INSURGENTE Y PROFUNDO.

 

Cómo un buey, hecho para arrimar las cargas de mayor peso en el trabajo de conseguir el pan de cada día, así se mueve en nuestra imaginación está espectacular puesta en escena, poseídos en una ofrenda del más allá en el trasmundo, sin una puya, quiero decir sin un dólar, se nos mete alma adentro la casa que guarda en sus entrañas un entierro o mejor dicho a nuestro modo un tesoro, es más, la cuarta pared desaparece y estamos nosotros, allá adentro, haciendo el espectáculo en nuestra interioridad. 

 

A mundo transformado en nuestros fetiches más recientes, al través de esas ruinas que van quedando de la demolición mientras la música de las charnelas, de las ventoletas tormentosas, de los quitiplas, de los cencerros van sonando como quejidos de las almas que en la casa trabajan en rituales mágicos de hechicería, invocaciones religiosas con ritmo santero, para descubrir después del sarcófago del muerto, y de la cloaca con dentina a mierda, un tesoro, que como el american dream, es el sueño de nunca acabar de los fetiches, evasivo e imposible, aunque vivo en la esperanza más allá. 

 

Algún día termina este Profundo en trajín de José Ignacio con esta gama de grandes talentos que en escena nos arremeten con sus cuitas, las mismas nuestras, a través de los tiempos en nuestra caverna platónica interna. Ésta, que canta desarraigos y composteras, en ritos antiguos, la biblia, la cama y sus secretos bien guardados,la lujuria que pasea por el vecindario como Pedro por su casa, amanecida o en atardecer amoroso del trasgo tropical siempre caliente y lleno de luz, en la penumbra que alumbra a todos sus personajes enunciada en emoción colectiva. 

 

Todo esto convierte esta obra en medular desde todos los tiempos de nuestra visión teatral de mundo. Decolonial y profundamente transmoderno. Gracias José Ignacio. Gracias Francisco. Gracias elenco. Gracias equipo humano y técnico del Alberto de Paz y Mateos por agraciarnos tanto y con tanto talento. 

 

 

Escrito en nombre del público.

 

ROQUE ZAMBRANO




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